Yo tuve un profesor como el de El club de los poetas muertos. Bueno, no era tan parsimonioso como el señor Keating y nos confesó una vez que la poesía no era lo suyo. Pero nos descolocó y nos marcó a todos los que fuimos sus alumnos de una manera parecida.

El pasado domingo supe que se había muerto. Me quedé helado. Muy triste. Se llamaba Alberto Areces. Todo el mundo lo conocía por haber formado parte del mítico Liceo Caixa Galicia de hockey sobre patines de los ochenta. En mi caso, el recuerdo es otro menos conocido: el de su faceta de docente en el colegio Liceo La Paz.

Algo tenía que haber advertido yo en primero de Bachillerato. Aquel profe de lengua nos mandó leer un libro raro. Se alejaba bastante de la norma general: El guardián entre el centeno de Salinger. «Areces está obsesionado con él y, si sabe que no lo has leído, olvídate de aprobar», me advertía un repetidor. Me lo tomé a pecho. No lo sabíamos, pero a nuestros 14 años nos estaba dando un manual sobre la angustia de ser adolescente rodeado de un mundo adulto al que no quieres pertenecer.

Lo espectacular llegó en segundo curso. No nos mandó romper ninguna página del libro de texto, pero sí lo colocó en su lugar. Me refiero a aquel en el que se estudiaban autores, obras y movimientos. Eso, en casa, por nuestra cuenta. El tiempo de clase era para aprender a ser novelistas, actores de teatro o poetas románticos. Sí, tuvimos que escribir una novela, con capítulos con narrador omnisciente y monólogos interiores. Montamos juntos una obra de teatro, repartiéndonos papeles, dirección, vestuario y demás. Y, por supuesto, nos sumergimos en metáforas y métrica elaborando (y leyéndolos en alto) nuestros propios versos. ¿Una pregunta de examen? Escribe un soneto inédito. Tal cual.

Todo eso se tomaba muy en serio. Areces no era Keating. Tenía mucho carácter, sobreactuaba deliberadamente («¡si me cortan un brazo no echo sangre!», te podía decir si te pillaba mintiendo) y, si levantaba la voz, temblaba la clase entera. Le teníamos un respeto enorme. También, admiración. Una vez trajo el Guernica. Nos tuvo media hora mirándolo. Luego nos dividió en grupos. Cada uno debía hacer una suerte de performance. Sin palabras, solo con música y la plástica de nuestro cuerpo había que expresar lo que habíamos visto. Teníamos 15 años. Nos entregamos a ello de verdad, sin típica actitud burlesca del adolescente inseguro. Había un profesor que nos había ganado por completo.

En el 92 le dieron la plaza en INEF y dejó el cole. Yo estaba en COU. No nos atrevimos a subirnos a la mesa. Pero, sin duda, se lo merecía. Sin el drama del filme, solo con el agradecimiento de la vida real. Vaya desde aquí, 26 años después. Adiós capitán, ¡oh mi capitán! Descansa en paz.

Fuente: La Voz de Galicia

Por martin

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